lunes, 9 de agosto de 2021

Pintando historias... Agosto 2021

5. Bajaron del avión y subieron a un autobús. Conforme se perdía de vista el aeropuerto la arena lo iba cubriendo todo. El guía les dijo que treinta años atrás allí había una ciudad, no le creyeron. El sol quemaba, no había árboles, ojalá fueran solo unas vacaciones. #microcuento 4. Bajó del tren, llovía, pero no oía la lluvia, ni los coches, un silencio blando lo tapaba todo, aceleró el paso, la sentía cada vez más cerca, dos niñas tiraban del mismo muñeco roto, llegó a casa, cerró la puerta de golpe, sonó como la última página de un libro. FIN #microcuento 3. Tras el accidente los médicos lo mantuvieron en observación unas semanas. Parecía un milagro que hubiese salido ileso del impacto. De vuelta en casa preparó las maletas, reservó el billete, se tumbó en la cama. Mismo avión, mismo asiento, único superviviente. #microcuento 2. La primera vez fue casual, las siguientes bajaban al parque siempre a la misma hora, buscándose. La conversación se hacía cada día más larga, las miradas menos discretas. Cuando la noche caía, se despedían. Ana volvía a casa de su hijo, Carmen a la suya vacía. #microcuento 1. Pasearon por el campo, hablaron de todo menos de ellos, ella le iba diciendo el nombre de las flores, él intentaba sin éxito memorizarlos. Cuando llegaron al río, ella le cogió de la mano. Fue el día más feliz de su vida, aunque no lo supo hasta muchos años después. #microcuento

sábado, 27 de febrero de 2021

La ventana.

Todos las días, asomado a la ventana, miraba pasar los coches, el tiempo, la vida y así me sentía seguro, como si todo pasase fuera, como si el cristal me protegiera de los peligros del dolor, del amor y de la risa. Una noche la muerte se coló en mi casa, me sacó de la cama y me acompañó hasta la ventana, fuera todo estaba oscuro, no había coches... ni dolor, ni amor, ni risa, ni tiempo, ni vida. #MicroCuento

Invierno 2021 - 02

Pastillas para dormir. Pastillas para despertar. Pastillas para soñar. Y los libros cogiendo polvo en la estantería.

Invierno 2021 - 01

Peleaba con tanta fuerza para alcanzar su objetivo que nunca tuvo tiempo para pararse a pensar que no lo deseaba. #MicroCuento

sábado, 29 de agosto de 2020

Cuentos de veranos - Agosto 2020, 10

El día que Andrés Revert firmó su contrato indefinido era viernes, últimos días de octubre, hacía frío. En aquel momento Andrés Revert tenía 31 años y llevaba tres años trabajando en la empresa. Ese día, al llegar a la fábrica su encargado le dijo que al final del turno subiera a la oficina y a él se le hizo eterna la jornada. Hacía poco más de un año que vivía con su pareja en un piso de alquiler y su chico se acababa de quedar sin trabajo. Al salir del despacho de Personal, inmediatamente le llamó, - Ángel, que me han hecho fijo.

Aquella noche Andrés y Ángel salieron a cenar, volvieron tarde a casa, follaron como locos y durmieron hasta casi mediodía del sábado. Ese día tenían comida en casa de los padres de Andrés y entradas para el partido de baloncesto del equipo local. Después del partido, Andrés le pidió matrimonio a Ángel mientras volvían paseando a casa. Ángel le dice que sí y le abraza, le besa, se besan, un beso largo y cálido en una noche larga y fría. El mundo se ha parado bajo sus pies, se siente como si estuvieran dentro de una botella de cristal flotando en medio del océano. De repente Andrés nota un golpe seco en su espalda que está a punto de hacerles caer a los dos, se gira y hay tres tipos mirándoles, - ¿qué coño hacéis mariconas de mierda?. Ángel se gira con idea de enfrentarlos pero Andrés tira de él…. Retroceden un poco. - Vámonos, no merece la pena dice Andrés, corren, la calle está desierta a pesar de no ser muy tarde todavía, corren sin mirar atrás, uno junto al otro y no paran hasta asegurarse de que ya no les siguen. Cuando llegan a casa a Ángel se le escapa una risa nerviosa, - joder, casi nos cazan, pero Andrés se pone a llorar, mezcla de rabia y miedo. Ángel lo tranquiliza y duermen abrazados. Andrés no le cuenta que el tío que les ha empujado trabaja en la fábrica con él.

A la mañana siguiente, Ángel quería ir a poner la denuncia por lo de la noche anterior, pero Andrés se niega, dice que lo único que van a conseguir es que también se rían de ellos en la comisaria y al final, Ángel desiste. El lunes, mientras Andrés está trabajando, Ángel vuelve a la calle donde les habían agredido, los busca, quiere encontrarlos, quiere humillarlos, lo intenta durante todos los días de esa semana y la siguiente, pero no consigue encontrarlos. Luego, poco a poco, se va olvidando.

Han pasado seis meses desde que hicieron fijo a Andrés en la empresa, para la semana que viene hay convocada una huelga para exigir mejoras de seguridad en la empresa. Ha habido un accidente que por suerte se quedó en un susto que obligó a parar la producción un par de horas, pero es la segunda vez que pasa. En la puerta de la fábrica Andrés se vuelve a ver cara a cara con el tipo que les empujó aquella noche, Andrés en el piquete, el tipo pretendiendo entrar a trabajar. Andrés no es capaz de sostenerle la mirada, pero el que no pueda entrar a trabajar se lo toma como una pequeña victoria.

El 90% de la plantilla ha secundado la huelga, y la empresa se ha visto obligada a negociar con el comité de empresa una serie de medidas. Está prevista una parada de mantenimiento para la semana siguiente y se aprovechará para instalar todas las medidas de seguridad acordadas. Es jueves y Andrés ha reservado mesa en el restaurante donde cenaron por primera vez juntos hace ya cinco años. Todos los años, ese día, Andrés reserva mesa en ese restaurante, todos los años Ángel hace como que no se acordaba de la fecha.

Apenas quedan un par de horas para que termine el turno, y se vuelve a producir un accidente, esta vez no ha habido tanta suerte, a un trabajador le ha atrapado el brazo una máquina, dicen que se lo ha arrancado de cuajo y que se lo han llevado al hospital nada más suceder. Las noticias que llegan a la fábrica son confusas, dicen que ha perdido mucha sangre. Cuando el médico sale para hablar con Ángel, él aprieta con fuerza la cajita con el anillo que lleva en el bolsillo mientras empieza a sentirse como dentro de una botella de cristal en medio del océano, una botella que se hunde, lentamente se hunde, toda la luz de la sala va desapareciendo poco a poco, hasta convertirse en un puntito insignificante, luego la oscuridad, la nada, el vacío.

domingo, 23 de agosto de 2020

Cuentos de verano - Agosto 2020, 9

María Ferrando se puso de parto recién estrenado el otoño de 1994. Era una noche fría que se rompía con cada trueno. Dicen que llovió durante seis días. Esteban Fernández quiso que su primogénito se llamase Félix, como su padre.
El parto fue complicado y Félix Fernández Ferrando estuvo a punto de dejar viudo a su padre. Cuando su madre lo tuvo en brazos por primera vez lo apretó contra su pecho y lo llenó de besos, luego le miró la carita y no fue capaz de encontrarle parecido con nadie de la familia. Ella le miraba y él con sus ojitos de color caramelo clavados en los de ella, sin pestañear, con los labios torcidos en una sonrisa extraña. A María aquella mirada le agitó el pulso y sintió una pequeña opresión en el pecho, sin saber porqué, sintió miedo.

Félix crecía sano y fuerte, estaba enamorado de su padre que le enseñaba a chutar la pelota, que le leía cuentos de piratas y de magos cada noche antes de dormir, que le llevaba al parque todas las tardes a la vuelta del colegio. A veces, cuando María y Félix se quedaban solos, ella intentaba leerle un cuento, pero el niño se distraía con cualquier cosa y entonces ella se quedaba mirándolo y cuando Félix se daba cuenta dejaba de hacer lo que estuviera haciendo y la miraba a ella, y María dejaba de mirarle y tenía ganas de llorar, aunque nunca lo hizo delante del pequeño. Por la noche se lo contaba a Esteban que la tranquilizaba asegurándole que cualquier día sería ella la favorita de Félix y que no se preocupara. A veces, cuando Félix la miraba a los ojos, a ella se le helaba el corazón y sentía un miedo irracional y absurdo y pensaba en decírselo a Esteban, pero nunca lo hizo. Entonces veía a Félix jugar con Esteban, los veía reírse, abrazarse y en ese momento le gustaría comerse a besos a los dos y les preparaba la cena y cenaban los tres juntos.

Cuando Félix cumplió cinco años nació su hermanita Mercedes que se agarró a la teta de su madre nada más dejársela encima. María había convencido a Esteban para que la cuna de la pequeña estuviera en su habitación y así lo hicieron. María nunca dejaba sola a Mercedes, la ponía en el carro y la llevaba detrás de ella por toda la casa, a la cocina mientras preparaba la comida o la cena, al baño mientras se duchaba, cuando Félix quería jugar con la pequeña, ella se quedaba con ellos, los observaba, la pequeña se reía con las tonterías que le hacía su hermano.

Cuando Mercedes cumplió un año, Esteban convenció a María que sería bueno que la niña fuese a dormir a la habitación con su hermano.
- Si sigue durmiendo en nuestra habitación, Félix acabará por cogerle celos.

Esa noche María tardó en conciliar el sueño, se había acostumbrado a la presencia de su hija, a su respiración, a despertarse cuando se movía. A las tres y veinte minutos de la mañana, el golpe de una puerta que se cierra de golpe despierta a Esteban y María. Ella se levanta de un salto y acude a la habitación de los niños, mira dentro de la cuna, vacía, mira hacia la cama de Félix y se tropieza con sus ojos de color caramelo muy abiertos y una sonrisa de labios fríos que deja ver sus blanquísimos dientecitos. Debajo de la ventana abierta, una silla.

María intenta gritar, pero le fallan las fuerzas.

martes, 18 de agosto de 2020

Cuentos de verano - Agosto 2020, 8

Sonó el teléfono y se le escurrió la botella entre los dedos, era de noche, bastante tarde, nunca llamaba nadie a esas horas, la botella de cristal estalló en millones de trocitos diminutos que se esparcieron por todos los rincones de la cocina, algunos trozos de cristal y algunas gotas de agua golpearon contras sus tobillos desnudos, contra sus pies, estaba descalza,
-dígame,
sintió el agua fría en sus pies,
- soy papá…

Cuando Alicia Gutiérrez y Gonzalo Prado se casaron, no pudieron hacer viaje de novios, más por falta de dinero que de tiempo. Él trabajaba en un almacén de lunes a viernes y en una cafetería los fines de semana, ella cosía en casa por encargo y limpiaba tres días por semana en una casa bien donde había servido ya su madre. Alicia y Gonzalo habían empezado a trabajar cuando todavía eran unos críos. Como no tenían casa en el pueblo, no tenían pueblo al que volver y como no tenían pueblo al que ir, nunca salieron de Valencia para irse de vacaciones.

Cuando nació Ana, Alicia tenía 25 años y Gonzalo 27, le pusieron Ana por la madre de Gonzalo, decidieron que no querían tener más hijos y no los tuvieron. Se desvivieron por darle a Ana todo lo que ellos no habían podido disfrutar y Ana, como si lo supiese, desde muy pequeña, aprovechó todas las oportunidades que la vida le iba presentando. Consiguió una beca y fue la primera persona de la familia en entrar en la universidad. Aunque Ana adoraba a los animales y sus padres siempre pensaron que estudiaría Veterinaria, finalmente ella se decidió por matricularse en Económicas. El padre nunca supo que la decisión la tomó el día que a su padre lo despidieron del trabajo. No lo vio llorar, pero lo escucho, un llanto apagado, silencioso, escondido, que se repetía cada día cuando su mujer se iba a trabajar y él se quedaba en casa. Tardó casi tres años en volver a trabajar y en ese tiempo envejeció veinte años. No pasaron hambre, pero sí miedo. Ana trabajaba los fines de semana y algunas tardes. Entre las dos llenaban la nevera y pagaban la hipoteca.

Ana iba aprobando las asignaturas en las que se matriculaba, algunos semestres tenía que coger menos para poder trabajar, pero necesitaba coger las suficientes para que le mantuviesen la beca. A veces, cada vez más a menudo, recordaba la frase que su padre le decía de niña, - si te esfuerzas, llegarás donde quieras llegar, ella al principio se lo creía, pero ya hacía tiempo que no. Había visto a su padre esforzarse como una bestia, trabajar de sol a sol, los siete días de la semana, y lo veía ahora en el sofá, triste, agotado, derrotado… - si te esfuerzas, llegaras donde quieras llegar.

Cuando Ana acabó la carrera no tenía un expediente brillante, tampoco podía dedicar más años a preparar una oposición, ni a hacer un máster, le ofrecían contratos temporales, con salarios bajos, pero los aceptaba, necesitaba experiencia, y mantenía los trabajos de fin de semana, y entre todo juntaba dinero para ayudar en casa y ahorrar un poco. Y pasaban los años y cambiaba de trabajo y sus padres se hacían mayores y se acostumbro a la incertidumbre, a la precariedad vital que suponía no poder hacer grandes planes y se alquiló un piso cerca de la casa de sus padres, un tercero sin ascensor, pero ella era joven todavía y el piso era pequeño, pero ella estaba sola y no tenía aire acondicionado, pero ella estaba acostumbrada porque el de sus padres tampoco tenía y se fue acostumbrando a vivir en un piso que iba a ser para una temporada que ya duraba 15 años y sus padres se jubilaron y cobraban la pensión mínima y su madre le decía que a ellos les sobraba, que ya tenían el piso pagado y Ana pensaba en aquella frase, - si te esfuerzas… y cuando estaba sola, se contestaba, -igual te comes una mierda, y lo decía en voz alta, para oírlo.

Ana había buscado una oferta por internet, un viaje de cinco días, temporada baja, a Mallorca. Sus padres nunca habían viajado en avión, en realidad, nunca habían viajado, Ana lo arregló todo, reservó el hotel , el desplazamiento del aeropuerto al hotel, todo. Sus padres estaban orgullosos de su hija, que tenía una carrera y un trabajo que ellos ni imaginaban lo mal pagado que estaba y ahora les había regalado un viaje a Mallorca. Tenían las maletas preparadas, salían al día siguiente, temprano y Ana les había dicho que durmiesen tranquilos, que ella pasaría a buscarles y les llevaría al aeropuerto y esa noche, a las doce menos cuarto sonó el teléfono y a ella se le resbaló la botella que tenía en la mano y los trozos de cristal golpearon su tobillos y sintió el agua fría en sus pies y mientras su padre intentaba hablar sin que le saliesen las palabras, Ana se puso a llorar.